Los
eventos de esta tarde me hicieron reflexionar. ¿Qué soy yo para los demás?
¿Debería importarme la respuesta? Supongo que algún día hallaré ambas
respuestas. Pero aún sigo preguntándome si debería haber actuado de alguna
manera. No niego que se me pasó por la cabeza golpear brutalmente a aquellos
patéticos humanos que estropearon la paz y tranquilidad de las que había gozado
minutos antes de que se acercaran, y me dificultaron disfrutar del sabor de eso
que llaman “Doble Cheese Burguer”. Sin
duda una delicia culinaria de su especie, que volveré a comprar en el futuro.
Pero
aparecieron ellos, con su pobre esclavo animal, cuya alma lloraba debido a la
incomprensión y a la indignidad de que le hayan anulado de raíz su propia
esencia natural. Ese viejo chucho, mucho más sensible a lo que le rodea que sus
amos, sabía que yo podía entenderle. Estoy seguro. El infeliz, se dedicaba en
cuerpo y alma a escapar del abrazo de la mujer, para venir a mis pies, y
lanzarme una mirada de súplica. Una vez tras otra, se acercaba la dueña a mi
banco diciendo: “No te preocupes, no muerde”, o “es que huele la comida, lo
siento” (una falsa e innecesaria disculpa). Y cada vez que lo volvía a coger en
brazos, su pareja volvía a incordiar al perro, dando por sentado que estaban
jugando, aunque para mí careciera de sentido alguno. Pero yo sentía la
necesidad de ese can de que dejaran de molestarle. Resultaba tan obvio que no
entiendo como las personas no se dan cuenta del daño que les hacen a sus
mascotas.
Al
final me fui, indignado ante la monstruosidad que acababa de descubrir, pero
sin haber hecho nada. No es mi problema. ¿Por qué iba yo a preocuparme por
aquel ser inferior, si ni siquiera me preocupo por los humanos, que tan
superiores a todo se creen? Y, en cualquier caso, ¿qué se suponía que debía
hacer? Después de todo, yo nací ayer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario